La marcha humana es un patrón de enorme complejidad. Es automático sí, pero tiene que adaptarse a las perturbaciones del entorno, a contextos cambiantes, culturales o laborales. En la locomoción se coordinan las articulaciones de la unidad locomotora (miembros inferiores), la pelvis y la unidad pasajero (tronco y abdomen). La interacción de los segmentos corporales de forma sinérgica es necesaria para asegurar las funciones de la marcha: absorción del peso corporal, progresión, propulsión, estabilidad y control del gasto metabólico.

¿Pero en qué patrones podemos fijarnos en una persona para comprender si alguna de las funciones de la marcha está alterada?

Primero, es necesario comprender las fases de la marcha, saber identificarlas y nombrarlas de forma adecuada (figura 1). Los eventos cinemáticos más importantes suceden en el periodo de apoyo. Por un lado, en la fase de respuesta a la carga predomina el control y la estabilidad para asegurar el traslado del peso corporal de una extremidad inferior a otra. Durante esta fase lo habitual es la acción muscular excéntrica, principalmente en la articulación de la rodilla (cuádriceps) y en el complejo articular del tobillo-pie (tibial anterior y musculatura intrínseca del pie). Por otro lado, en las fases de apoyo medio y final, la función que impera es la progresión. A lo largo de estas fases de apoyo unipodal, el cuerpo se desplaza hacia delante a través de la extensión de la cadera (acción concéntrica de glúteo mayor y bíceps femoral) y la flexión dorsal del pie (controlada por la acción excéntrica del tríceps sural). Por último, en la fase de preoscilación, predomina la propulsión para favorecer la salida de la extremidad inferior apoyada hacia la oscilación. Esta acción sucede por la contracción concéntrica del músculo tríceps sural con la ayuda de los músculos flexores de la cadera. La acción del músculo tríceps sural es tan intensa, que la actividad muscular durante el periodo de apoyo es mínima. La energía generada en la preoscilación y la inercia favorecen la oscilación de la extremidad inferior.

Figura 1. Fases de la marcha humana

Por tanto, tomando en consideración la fases de la marcha y su relación con las funciones, los eventos críticos a observar son:

  • Tipo de contacto inicial del pie: con el talón, con toda la planta del pie, con la parte anterior.
  • Flexión de rodilla en la fase de respuesta a la carga: oscila entre 15-20 grados. Este patrón favorece la absorción del impacto del talón.
  • Extensión de cadera durante el periodo de apoyo: la extensión máxima alcanza los diez grados. El recorrido de la cadera hacia extensión favorece la progresión del cuerpo hacia delante. Su restricción se relaciona con un mayor riesgo de caídas.
  • Recorrido de la tibia sobre el pie apoyado en las fases de apoyo medio y final: se trata de un movimiento de flexión dorsal sobre el pie apoyado que es controlado por la acción excéntrica del músculo tríceps sural. El control de la tibia desacelera el movimiento del cuerpo, alarga la longitud de la zancada y modera el desplazamiento del centro de gravedad.
  • Flexión plantar en la preoscilación: este movimiento, que puede alcanzar los 20 grados, permite la oscilación de la extremidad inferior apoyada.
  • Triple flexión de la extremidad inferior durante el periodo de oscilación: la flexión de cadera, de la rodilla y la flexión dorsal del pie, permiten la oscilación de la extremidad inferior y que el pie no arrastre con el suelo, evitando posibles tropiezos.

Fuente: Molina Rueda F, Carratalá Tejada M. La marcha humana: biomecánica, evaluación y patología. Panamericana 2020.